No siempre sé ver las cosas así. Hay una tercera parte en mí, la derrotista, más bien derrotada. Hay días que me veo como un boli que se quedó sin tinta, del que no se puede conseguir nada. Intentas usarlo y te decepcionas porque no escribe, no da más. No doy más. No sirvo.
Suele ser porque quiero descargar todo lo que podía escribir antes de tiempo, y de golpe. Me quedo sin aliento. Necesito un descanso, pero el tiempo corre en mi contra y no va a salir nadie a jugar en mi lugar. Intento seguir, tengo que seguir… pero me derrumbo.
Esas rachas empiezan con el convencimiento de que soy la excepción a mi propia idea de las personas ready-made. Justo yo, qué casualidad, no puedo convertirme en algo bonito o útil, siquiera interesante. Es un tsunami de desconsuelo, nada ha conseguido frenar aún esa oleada de tristeza.
Después de un rato hundida en la miseria, pienso que al fin y al cabo es culpa mía. Tengo una exigencia tan alta, unas metas tan improbables, sabiendo que no es posible que me convierta en ready-made, que yo sola me busco ese mazazo de realidad. Empiezo a caer.
Voy corriendo cuesta abajo y llega un momento en que no puedes parar, sigues cayendo por inercia… Este es ese punto de no retorno. Me gusta esta comparación, porque estoy sola. La gente de mi entorno, a quienes quiero y ellos a mí, están a salvo, bien sujetos y sin perder el control. Intentan darme la mano, pero por la propia velocidad no consigo alcanzarlo. A veces quizá ni siquiera les veo cuando quieren ayudarme. Incluso soy yo, en ocasiones, quien no quiere agarrar la mano que me tienden, porque aun así no seré capaz de parar y les arrastraré conmigo en esta espiral de descontrol.

Comentarios
Publicar un comentario