La parte cínica de mi cerebro me dice que todos somos un producto
del sistema, un recipiente un poco distinto para cada uno, pero al fin y al cabo
con la misma función y contenidos. “Another brick in the wall”, vaya.
La parte soñadora (que no sé si es más grande pero sí más optimista)
quiere pensar que todos somos una obra de arte por nosotros mismos. Quizá más
minimalista, o a lo mejor una explosión de color, pero todos únicos y perfectos
en nuestra imperfección. Gilipollas, grita mi parte cínica.
Es una diferencia de opinión muy grande para una sola
persona, así que mis dos mitades han tenido que reconciliarse. El resultado se
parece mucho a una de las vertientes del dadaísmo, el reday-made.
Todos somos proyecto de algo, pero de origen ordinario. Hay
quien tiene predisposición a convertirse en arte, en digno de admiración. Hay
personas lienzo, personas partitura o cinta de vídeo virgen. No todos tenemos
esa suerte. La mayoría somos personas botellas de cerveza, o personas
alfombrilla de ducha, o tostadoras o papel higiénico. Pero todas estas personas
trapo de cocina tenemos potencial. Podemos brillar con luz propia, convertirnos
en algo que nunca se ha visto antes y estar felices con nosotros mismos y lo
que llegaremos a ser. Es una decisión personal, que nadie te obliga a hacer,
pero tiene un valor que no se consigue con nada más.
Sé una obra de arte, nadie más que tú lo impide.

Comentarios
Publicar un comentario